Dedico este simpático artículo a FÉLIX GÓMEZ, nacido en Vallelado, (Hermano de Ilumi), que, a sus 97 años, mantiene una memoria prodigiosa. Me cuenta, que es un fiel seguidor de este blog de noticias, que consulta cada día nada más levantarse, y al que agradezco personalmente que le sirva de entretenimiento, y para estar informado de lo que pasa en el pueblo que le vio nacer. Seguramente será la persona de más edad que visita esta ventana informativa regularmente. Gracias de todo corazón, Félix.
Ángel Fraile
Hablamos de tiempos atrás, cuando la vida era muy diferente a la que ahora conocemos. Nuestros abuelos tuvieron que adaptarse a los contratiempos que surgían, y sobre todo trabajar muy duro para salir adelante. Las bodas de entonces, prácticamente todas se celebraban por la iglesia. Luego venían los hijos, y era grande la alegría, en eso coincidimos con el presente. Esta alegría era bastante más frecuente que ahora, pues había muchos más nacimientos. Pese a todo, las familias salían a delante con ilusión y mucho trabajo. Cuando fallecía alguno de los cónyuges a temprana edad, se generaba una gran tristeza, y un gran problema en esa casa, porque en ocasiones se quedaba, bien el padre o bien la madre con hijos pequeños, teniendo que recurrir a la familia para que ayudase al cuidado de los pequeños. Por entonces no había ni Seguridad Social, ni ayudas para estas familias. Imaginamos a una de esas mujeres que se quedaban viudas con dos niños pequeños. Esta tenía que ponerse a trabajar en aquello que pudiera, sin tener tiempo para pensar. Así le ocurrió también a mi bisabuela Feliciana, que con dos hijos pequeños tuvo que buscarse la vida para salir adelante. Cuando era el hombre el que enviudaba, ocurría que no podía hacerse cargo de los niños y trabajar a la vez.
La mayoría de las personas que enviudaban se volvían a casar, casi diría yo, que, por obligación, porque había que sacar adelante a la familia. Estas bodas de viudos entonces estaban mal vistas a nivel general, por lo que los jóvenes del pueblo tenían la costumbre de ir a casa del novio o novia, la víspera de la boda a “dar la matraca”. Era costumbre de celebrar estas bodas de noche, a altas horas de la madrugada, acudiendo a la ceremonia solo algunos familiares más cercanos.
En una ocasión, en Vallelado, una de estas bodas, nos cuenta Félix Gómez, que entonces era monaguillo, que tuvo que levantarse a las 4 de la madrugada para acudir a la iglesia y ayudar en la ceremonia. El cura le dijo que preparara todo lo necesario, como hacía habitualmente. Cuando fue a rellenar las vinajeras de vino para la ceremonia, vio que la botella estaba vacía. Parece ser que al sacristán le gustaba empinar el codo, y sin más miramiento, y suponemos que tratando de matar ese gusanillo, se tomó lo que quedaba de la botella. Félix inmediatamente, y casi sin tiempo, le dijo al Sr cura que no hay vino, que la botella está vacía. El cura todo nervioso le dijo a Félix que fuera en casa de la tía Eusebia, a por una botella de vino añejo. A esas horas de la madrugada, llamó Félix a la puerta de la Tía Eusebia, que vivía cerca de la iglesia, en la carretera. La señora se asustó, por lo intempestivo de la llamada, a medianoche, pero Félix le explico lo que pasaba, e inmediatamente sin dudarlo le sacó una botella de vino para que los novios pudieran dar su sí.
Esto nos recuerda el pasaje del evangelio cuando en las bodas de Caná, se acabó el vino y tuvo que intervenir Jesús, para solucionar el imprevisto desaguisado. En este caso que ahora tratamos, no había vino para celebrar la boda, y gracias a la pericia del monaguillo, Félix, pudo celebrase sin contratiempos, aunque fueran las 4 de la mañana. En este tipo de bodas, por razones obvias, los novios no daban convite, como solía decirse. No estaba el horno para bollos.
