El domingo 4 de enero de 2025, como estaba anunciado, se han entregado los premios a los ganadores del primer certamen de relatos, que ha organizado ASOMUVA. El tema de este primer certamen llevaba el título: “La Navidad Rural”.
El certamen estaba divido en tres categorías: INFANTIL, JUVENIL O JUNIOR Y ADULTOS.
En la categoría de ADULTOS, se han presentado seis relatos.
En la categoría INFANTIl, solo un relato
En la categoría JUVENIL, no ha habido participantes
ESTOS HAN SIDO LOS NOMBRES DE LOS PARTICIPANTES Y EL TITULO DE LOS DISTINTOS RELATOS EN CADA CATEGORIA:
CATEGORÍA ADULTOS:
“El duendecillo de la Navidad”. M.ª Ángeles Cuéllar Muñoz.
“La gata blanca nos hizo la Pascua”. Ángel Fraile de Pablo.
“Las Navidades de mi infancia”. Angelines Pascual Muñoz.
“Las Navidades más entrañables”. Nati Cerezo Velasco.
“Nostalgia”. Maru González Gómez.
“Recuerdos de Navidad que saben a gloria”. Pilar Carmona.
CATEGORÍA INFANTIL.
“Navidad en Vallelado”. Manuel Zancajo
CATEGORÍA JUVENIL: No ha habido participantes.
El primer premio en la categoría de Adultos ha sido para Pilar Carmona con el relato titulado: “Recuerdos de Navidad que saben a gloria”.
En la categoría infantil, con un solo participante, el premio ha sido para este valiente niño, Manuel Zancajo con el relato: “Navidad en Vallelado”.
Llama la atención que tan solo se haya presentado un relato en la categoría infantil, y ninguno en la categoría juvenil. Resulta un poco decepcionante, al menos bajo mi punto de vista, que de los niños de la escuela no haya habido participación, aunque según nos cuenta la directiva de ASOMUVA, se les había informado debidamente.
Es importante que a los niños y jóvenes se les hable, de la familia y del lugar donde viven, para que asuman como propio el lugar de nacimiento de ellos y de sus padres. Esta ha sido una bonita oportunidad para que dieran rienda suelta a su imaginación y contasen como viven ellos La Navidad. Es un buen ejercicio mental para desarrollar sus capacidades y su imaginación. También es importante inculcar a los más pequeños, y a los jóvenes valores dentro de la familia, y en entorno donde viven, para que el día de mañana recuerden sus raíces y el lugar donde se hicieron adultos.
Mi agradecimiento a ASOMUVA, especialmente a la directiva actual: Mª Ángeles, Beatriz, Carmen y M.ª Jesús, por la ilusión, el trabajo y el empeño que ponen para organizar este tipo de actos culturales, y otros, y para animar y dinamizar el pueblo
Gracias a todos los participantes, por la ilusión que han puesto en la redacción de los relatos.
También al jurado, que ha estado compuesto por Maite Esteban, Natalia Aceves y Nuria Tardáguila, todo un lujo de tres especialistas en la materia, que ha dado categoría a este primer certamen.
A continuación teneis las fotos del acto de entrega de premios, así como los relatos ganadores y todos los que han participado, por si quereis leerlos detenidamente.
Que siga la ilusión para que el año que viene se pueda repetir este entreñable y bonito certamen.
RECUERDOS DE NAVIDAD QUE SABEN A GLORIA
(primer premio categoría adultos)
Pilar Carmona
Era una tarde fría de diciembre en Vallelado, mi pueblo en Segovia, donde en invierno huele la calle a leña y a risas familiares. El cielo se había vestido de un gris elegante, y de vez en cuando caía un poquito de nieve, como si los ángeles sacudieran sus mantas viejas para decorar el pueblo.
En casa de los abuelos, la Navidad empezaba de verdad cuando el abuelo se ponía su sombrero y con voz misteriosa, medio en broma, medio en serio, decía: A ver quién me trae una piña bien gorda para la gloria. Y ahí salíamos disparados, los siete nietos, corriendo como cohetes por el jardín y hasta por el gallinero, a ver quién encontraba la más grande. ¡Esta parece la cabeza de un dragón! Gritaba la más pequeña, y todos nos reíamos.
Cuando traíamos la piña ganadora, el abuelo la ponía en la gloria, que calentaba todo el suelo del salón. ¡Un poco de periódico, una gran piña... y allá va la leña!, decía guiñando el ojo. En segundos el suelo, se entibiaba y nosotros nos tirábamos como lagartos al sol... solo que con jerséis, gorros y bufandas de colores que nuestras madres habían tejido con lana.
Mientras, la abuela canturreaba villancicos en la cocina y el aroma a cocido, lechazo al horno y conejo guisado, se esparcía por toda la casa. ¡Aquí huele a gloria, y no solo por la chimenea!, bromeaba el tío soltero. Y todos nos reíamos.
De vez en cuando, la abuela aparecía con una bandeja de galletas recién hechas y una cafetera que burbujeaba como si contara secretos. ¡No probéis ninguna antes de la cena!, decía guiñando un ojo. Pero siempre faltaban un par de ellas, y los más pequeños tenían las mejillas llenas de azúcar y chocolate.
El salón se llenaba de historias y recuerdos. El abuelo, con voz profunda y manos llenas de cicatrices del campo, contaba cómo vivió la Navidad durante la guerra, cuidando los caballos de la tropa de caballería. Y cómo en la posguerra tuvo que emigrar al noreste de España, para sacar a sus cuatro hijos pequeños adelante, porque no tenían tierras que cultivar para todos.
Vivian en un pueblo entre montañas, cubierto de nieve en invierno, sin calefacción, ni gloria...pero con algo más fuerte: ¡amor y familia!
La abuela completaba los relatos, contándonos cómo crio a cinco hijos en plena posguerra, porque la más pequeña nació allí, en un pueblo cerca de Francia. Como inventaban juegos con piedras y palos, como hacían muñecas con trapos, como preparaba sopas con lo que podía y como cosía la ropa para todos, hasta le ponían medias suelas a las botas cuando estaban gastadas.
Nos contaba de las naranjas, avellanas y nueces que los Reyes dejaban en sus zapatos, y nos recordaba que ahora, rodeados de nietos y con la casa llena de luz y calor, aquello si era un milagro de Navidad.
Todos escuchábamos en silencio, incluso los adultos, aunque ya hubieran oído esas historias mil veces.
Afuera el jardín brillaba con luces de colores que parpadeaban como luciérnagas. Y nosotros bien abrigados, jugábamos a ver quién lanzaba la bola de nieve más lejos, tratando de no romper la ventana de la cocina. Yo que era la mayor tenía el récord... hasta que la bola de nieve de uno de los chicos salió volando y... ¡PLAF! Se estrelló al lado del lechazo que la abuela había dejado orear junto a la ventana. ¡El lechazo volador! gritó uno de los pequeños. Y todos nos reímos hasta dolernos la barriga, corriendo a contárselo a nuestros padres.
Los adultos seguían con sus anécdotas de cuando eran críos, y casi ni nos hicieron caso. Así que pusimos el radiocasete del abuelo, uno negro que sonaba como si hubiera bebido café de la abuela. Rebobinamos la cinta con un bolígrafo para escuchar otra vez el villancico que nos sabíamos de memoria.
¡Campana sobre campana!
Al abuelo se le iluminó la cara, y nos contó que, cuando era joven, se quemó la iglesia de piedra del pueblo, un 17 de agosto de 1955, y que la gran campana estuvo años tirada junto a la plaza. Los niños se metían dentro a jugar al escondite. Y la campana tenía una leyenda: "Campana María me llaman, cien quintales peso y quien no crea, que me lleve a peso".
Después de cenar no faltaron los chistes. El de la piña y el periódico, el del perro que se llamaba mis... nos partía de risa a todos.
Al final de la noche, cuando el cansancio podía más que nada, nos arropábamos en el sofá con una de las mantas de la abuela. El abuelo nos miraba y decía: No siempre tuvimos tanto, pero siempre tuvimos familia.
Apagábamos las luces y todos dábamos gracias a Dios por esos momentos.
Hoy todavía recuerdo con emoción aquellas Navidades felices de Vallelado.
EL DUENDECILLO DE LA NAVIDAD
M.ª Ángeles Cuéllar Muñoz
Cada 24 de diciembre, la casa de nuestros abuelos se convertía en posada para toda la familia, a lo largo de este día, poco a poco se iba llenando, llegábamos de forma escalonada al mismo destino. Bolsas de comida, maletas, y paquetes y más paquetes...iban llenándolo todo.
El bullicio convertía la casa en algo, que nosotros, los más pequeños, sentíamos como mágico, la alegría navideña inundaba cada rincón y con todas las rutinas alteradas, nosotros lo aprovechábamos todo, ¡ya lo creo que lo aprovechábamos!
Ansiábamos salir a la plaza llena de nieve. La nieve era símbolo del invierno y de los adornos de navidad. Con palas y botas que encontrábamos en el viejo pajar, abríamos un camino central entre aquel manto blanco, que para nosotros era una auténtica autopista donde poder deslizarnos en el hielo que quedaba por encima del asfalto.
Al atardecer, todavía recuerdo los mandiles de mi abuela saliendo a bailar al mismo son, de todos los colores, de todos los modelos, todos eran igual de útiles en la preparación de la cena de nochebuena. Un gran ruido en la cocina, cacerolas, pucheros y sartenes desprendían un aroma a hogar y por el horno se escapaba un olor rico, casero y lleno de cariño como ingrediente principal.
En aquellas viejas escaleras de madera, los niños llenos de felicidad, jugábamos, gritábamos, subíamos y bajábamos y después de la disputada tarea de elegir cama y calentarla con ladrillos, metidos previamente en la gloria, buscábamos ropas viejas con las que disfrazarnos y más tarde montar nuestro propio belén.
Como cada 24 de diciembre aquella querida casa del pueblo se llenaba de vida. En el salón; el parte, el posterior mensaje, el anhelo de los abuelos pidiendo un poco de silencio y tranquilidad, que nunca llegaba, para poder escucharlo.
Apiñados como si de un puzle se tratara, comenzaban las bandejas de comida a pasar de mano en mano; risas, bromas, chistes mezclados con intentos de conversaciones serias nos llevaban a los brindis y los turrones, con los mejores deseos de salud y paz para
Y colgado de la lámpara, un invitado muy especial, que nos vigilaba a todos, al que no tocábamos por miedo a que desapareciese su magia, perdiese sus polvos mágicos y dejase de comunicar a los Reyes Magos nuestro buen comportamiento.
Era nuestro duendecillo de la navidad que cada año nos iluminaba con ilusión y nos animaba a jugar, a soñar despiertos y a crear recuerdos inolvidables en estas fiestas, un duende que, mientras duró, nos llenó de paz el alma y de alegría el corazón.
Los recuerdos de la infancia en estas fechas nos enseñan, a lo largo de los años, que la Navidad es para quererse en familia.
LA GATA BLANCA NOS HIZO “LA PASCUA”
Ángel Fraile de Pablo
Estábamos en diciembre, muy cerca ya de la Navidad, Los días habían acortado y el tiempo era propiamente invernal. A media tarde llegó mi padre del campo, había estado poniendo ajos desde por la mañana. Mi madre se sorprendió que llegara antes que otros días, porque todavía había luz. Subiendo las escaleras y antes de entrar en la cocina dijo: “Me he venido antes porque está empezando a nevar y el camino se ponía peligroso para venir montado en el macho”. Al rato, llegamos mi hermana y yo de la escuela, felices porque nos habían dado las vacaciones de Navidad. Nos presentamos corriendo, como siempre, para merendar enseguida y salir a la calle a jugar. Pero la tarde estaba cruda, y mi madre nos dijo que no saliéramos, que íbamos a poner “El nacimiento”. Nos pusimos muy contentos. Nos comimos la pastilla de chocolate que previamente mi madre había colocado sobre la chapa de la cocina para que se derritiera y así untar el pan. Era nuestra merienda habitual. Nos dimos prisa y bajamos al portal, donde colocaríamos el Nacimiento, en una mesa de madera, junto a la puerta que daba a la cuadra de los machos. Sacamos las figuras de una caja que teníamos guardada. Las figuras eran de barro cocido y pintadas. Colocamos en el fondo de la mesa una zona de serrín de la carpintería del Sr. Félix, y dejamos un espacio para colocar musgo que cogeríamos en el sombrío de la cuesta. El portal de Belén le hicimos con grandes roñas que teníamos del pinar, con las que atizábamos la lumbre. Nosotros ayudamos a mi madre, que era la verdadera maestra en colocar este Belén cada año. Todos los años comprábamos alguna figurita nueva. Estas las adquiríamos en la tienda de la Sra. Bibiana, que estaba en el callejón de la plaza de Modesto Fraile. La tienda y el pequeño escaparate se llenaba de juguetes en esta época, donde los niños mirábamos embelesados con la variedad que había. Esto nos ayudaría a escribir la carta a los Reyes Magos… ¡Qué ilusión!
Terminamos de poner el nacimiento ya anochecido. Ya mi padre estaba en la cocina desgranando ajos para el día siguiente, por lo que le echábamos una mano en esta laboriosa tarea, que hacíamos al calor de la cocinilla. Después a cenar, a dormir, pues todavía no teníamos televisión.
A la mañana siguiente, nada más levantarnos, vimos por la ventana de la cocina, que daba al corral, cómo de las tejas colgaban unos largos carámbanos de hielo. Tras desayunar salimos a la calle, sin importarnos el frío. Cerca de la plaza nos encontramos con otros chicos que habían salido también. De algunos tejados que estaban bajos rompíamos los carámbanos y como si de un rico helado se tratase chupábamos el hielo. Sí que nos advertían los más mayores, y nuestros padres, que no lo hiciésemos, pero podía más el deseo y la diversión, que obedecer. Ese día llegamos a casa con las manos moradas del frío del ambiente y del hielo. Enseguida nos arrimamos a la lumbre para entrar en calor.
Al día siguiente ya era nochebuena. Mi madre, ya por la mañana empezó a cocinar parte de la cena, que sería como otros años, un poco especial. Mis dos hermanos mayores llegaron por la tarde en el coche de línea de Valladolid, donde estaban internos estudiando, ya estábamos todos en casa. Esa noche cenamos el gallo que habíamos tenido durante varios meses en el corral. De primero unas ricas sopas de ajo para entrar en calor; para terminar algunos dulces, que consistían en un flan de huevo casero y un turrón hecho con azúcar y cacahuetes o almendras, que conocíamos como “cagadillo”, y que se hacía en la sartén. También algo de turrón duro, y bien duro, pues teníamos que partirlo con un buen cuchillo y un martillo. Después de cenar toda la familia jugábamos a las cartas, y ya tarde todos a dormir. Las sábanas estaban muy frías, por lo que metíamos en el horno un ladrillo macizo que nos serviría para calentarnos los pies.
El día de Navidad acudíamos a misa, todos en familia, con la ilusión de ir a adorar al Niño. Nos daban dos reales o una peseta para echar en el canastillo, cuando fuésemos a besar al Niño Jesús, al terminar la misa. Con qué ilusión íbamos los niños delante de nuestros padres.
Los chicos más mayores y nosotros detrás de ellos, al anochecer, recorríamos las calles cantando villancicos. De vez en cuando, cambiaban alguna la letra de ellos, y … con el estribillo: Ande, ande, ande, la Marimorena, ande, ande ande que es la Nochebuena, y luego alguna estrofa: Una vieja se comió kilo y medio de sardinas, y estuvo toda la noche, sacando del …espinas. Y seguía el estribillo: Ande, ande, ande…Se improvisaban estrofas graciosas, un poco subidas de tono, que todos repetíamos, grandes y chicos.
Llegó el día de los Reyes Magos, a los que habíamos escrito la carta que la depositábamos en el buzón de correos, a la puerta de Justo el Cartero. La noche anterior, nos acostábamos temprano con la gran ilusión de ver al día siguiente los regalos que nos habían dejado. Nada más levantarnos corríamos a ver lo que teníamos junto a los zapatos. Se me iluminaron los ojos cuando vi que me habían dejado una gran caja con varios juegos: “Juegos reunidos Geiper”.
Cuando todos estábamos en la cocina viendo los regalos, se oyó un fuerte golpe procedente del portal. Enseguida bajo mi madre, encontrándose que, en el suelo, junto al nacimiento, había varias figuritas rotas, y uno de los Reyes Magos hecho añicos. Observó como salía la gata blanca corriendo hacia la cuadra. Parece ser, que ésta había saltado sobre el Belén, no sabemos con que intención, pero nos había hecho la Pascua, rompiendo varias figuritas. Qué fastidio, pues tendríamos que reponerlas al año siguiente.
LAS NAVIDADES DE MI INFANCIA
Angelines Pascual Muñoz
Nací en un pueblo pequeño y frío de Castilla, era una niña con mucha ilusión porque llegaba la Navidad, lo sentía desde mi corazón como la mejor fiesta del año.
Navidad era época de vacaciones y con mis amigas jugaba en la calle, pues era el lugar donde nos reuníamos a jugar, aunque hiciera mucho frío.
El día de Nochebuena disfrutaba mucho con mi familia, era una noche especial y al día siguiente Navidad, todos a misa en familia y a adorar al Niño Jesús, entonces todo el pueblo acudía y era preciosa, las jóvenes cantaban muchos villancicos y se respiraba un aire fresco maravilloso, navideño. Ese día no faltaba en casa buena comida y de postre los típicos turrones y demás dulces navideños que hacían la delicia de todos, pero de los más pequeños aún más.
Luego el día de Nochevieja nos juntábamos con los vecinos y familiares toda la familia y era costumbre jugar a las cartas, no había televisión.
En casa nos gustaba poner el Belén, era pequeño y pobre, al principio hacía con mis hermanos figuras de cartón y poco a poco fuimos comprando figuritas de barro.
La fiesta de los Reyes Magos era mágica, pedía muchos juguetes, pero cuando llegaba ese día no me traían todo lo que había pedido, no me importaba, la ilusión seguía y quedaba muy contenta y con mucha alegría.
Aún recuerdo que en mi fantasía, cuando me levantaba la mañana de Reyes, salía a la puerta de la calle, y en el barro (las calles no estaban arregladas) veía las pisadas de los camellos y le decía a mi hermano isal a la puerta que se ven las huellas de los camellos de los Reyes!) y él disfrutaba igual que yo ¡Bendita inocencia!
Cuando fui mayor ya la Navidad me sigue gustando, aunque todo ha cambiado, ahora todo son recuerdos y añoranzas por los seres que se fueron y no volverán
Pero la niña sigue disfrutando de estas fiestas, pues para mí lo importante es la llegada del Niño Dios al que le pido que nunca deje de creer en el milagro de la llegada de Dios al mundo.
¡La vida no me ha tratado todo lo bien que me hubiera gustado, pero soy afortunada y sigo creyendo en la Navidad! FIN!
LAS NAVIDADES MÁS ENTRAÑABLES
Nati Cerezo Velasco
Elsa y Gus eran dos hermanos adolescentes que estaban demasiado enganchados a los móviles. Ese año, cansados sus padres de las malas notas debidas a este problema; les llevaron al pueblo con sus tíos. Estarían castigados quince días sin móvil; todas las vacaciones de Navidad.
De camino al pueblo, no hacían más que quejarse a sus padres por este castigo tan injusto, según ellos. Además al pueblo al que iban, era muy pequeño, de dos cientos cincuenta habitantes. Les parecía que no podían hacer nada allí, que se aburrirían como ostras, enseñados al ajetreo de la ciudad de dónde venían.
Llegaron al pueblo donde sus tíos Tino y Josefa, acompañados de su hijo Álvaro, les estaban esperando.
Álvaro, más mayor que ellos, teletrabajaba desde casa, pero tenía también vacaciones y acompañaría a sus primos todos los días que estuvieran en el pueblo.
Se saludaron y metieron su equipaje dentro de la casa. Los padres se marcharon, pues ya lo tenían hablado con sus tíos y su primo.
¡Vaya morro que tienen; un morro que se lo pisan! dijeron los hijos al verlos marchar.
El primo Álvaro se les llevó enseguida, sin dejarlos ni pensar, a la plaza del pueblo, donde habían quedado para ir al pinar a recoger musgo, roñas y cosas adecuadas para poner en el Belén que iban hacer para el pueblo.
Fueron en dos coches; ellos tres y cuatro más; dos más jóvenes y dos más mayores. Los más jóvenes, Andrés y Merche, pronto hicieron buenas migas con ellos, eran más o menos de la misma edad y también estaban de vacaciones de Navidad en el pueblo. Hacía mucho frío, pero iban muy bien abrigados con abrigos, gorros, bufandas y guantes.
Los más mayores iban diciendo lo que debían coger: un buen musgo, las piñas más pequeñitas y bonitas, unas roñas anchas, etc. Cuando estaban recogiendo todo esto, se les cruzaron unos corzos que andaban por el pinar. A Elsa y a Gus les hizo mucha gracia y asombro ver aquellos animales por allí, que sólo habían visto en la televisión. ¡Hasta un Bambi! dijo Elsa, al ver al más pequeño con manchas claras por su cuerpo marrón.
Cuando lo tuvieron todo, regresaron al pueblo; que estaba cerca. El pueblo no es que fuera nada del otro mundo, pero el paisaje del pinar estaba bien bonito.
Al llegar al pueblo, dejaron los coches a la puerta del Centro Social, que así llamaban a un enorme cuarto donde se realizaban todas las actividades del pueblo. Tenía su pequeña cocina, dos servicios y un cuarto más dentro, donde pasaban consulta un día a la semana el médico y el enfermero. Allí les estaban esperando otras cinco personas con las mesas ya preparadas para montar un hermoso
Belén. Lo hacían con mucha ilusión y empeño. Este año, si era del gusto del jurado, les darían un premio. Participaban todos los pueblos de la comarca que quisieran hacer un Belén.
Empezaron a sacar todas las figuras y cosas que tenían cuidadosamente guardadas de los años anteriores. Al sacar el mural de cartulina grande que ponían en la pared, el cual tenía pintado un hermoso cielo estrellado, se rompió, con el disgusto de todos.
Enseguida; Gus dijo que su hermana dibujaba muy bien. Andrés y Merche se ofrecieron a pintar también con ella. A Elsa, esto la hizo ilusión, ya que la gustaba mucho y hacía bastante tiempo que no dibujaba.
Se les pasó el tiempo volando y montaron como la mitad del Belén, el resto lo montarían al día siguiente.
Hicieron chocolate en la cocina del Centro. A la hora convenida, empezaron a llegar todas las personas del pueblo que quisieron. Se tomaron el chocolate con bizcocho que tenían también, después se fueron todos a la plaza del pueblo, que era rectangular; en el centro estaba la fuente de piedra redonda, que en medio tenía una columna con dos caños, uno enfrente de otro y una bola de piedra encima.
Un poco más retirado, había un árbol de enebro que tenían muy bien adornado con cintas y luces.
En un lateral hicieron una hoguera para calentarse y asar castañas encima de una plancha de hierro.
A su alrededor, pusieron dos mesas con turrones y polvorones. Fueron entonces al lado del árbol adornado y se pusieron a cantar villancicos. A pesar del frío que hacía, todos sentían el calor de la ilusión, de las ganas de celebrar la Navidad juntos y a pesar de tener muy poco, lo tenían todo.
Fueron las Navidades más entrañables de sus vidas, las más bonitas.
Todos los días por las mañanas, solían ir a la laguna del pinar, que tenía una caseta para observar las aves y con los prismáticos de su primo Álvaro, pasaban buenos ratos mirando los patos salvajes y animales que pasaban por allí.
Empezaron a ir después de terminar el Belén, que por cierto; el jurado sí que alabó mucho su labor y el mural de la noche estrellada, pero no les dieron ningún premio. Tampoco les importó mucho, ya que le siguieron haciendo los años posteriores con la misma ilusión y las mismas ganas.
Parece mentira que lo que empezaba con un castigo, acabara siendo una bendición. Elsa y Gus se dieron cuenta que con las cosas más pequeñas, las personas se hacían más grandes.
Aprendieron a vivir, a morder y saborear esos pequeños y buenos momentos que la vida nos pone por delante.
Papá Noel, ese año les trajo unos prismáticos y unas libretas en blanco, donde Elsa llenó de dibujos.
Pintó su primer Bambi y los patos y pájaros de la laguna.
Los Reyes Magos, les trajeron un telescopio, que dejarían en el pueblo para regresar cuando pudieran. Y lo hicieron siempre, sobre todo en Navidad.
NOSTALGIA
Maru González Gómez
Ya estaba anocheciendo, casi habíamos terminado de recoger la cocina de la comida y dejar algo preparado para la noche, pero estos días de pleno invierno la noche nos alcanza rápido.
Ángela se había acurrucado con la manta de cuadros y un libro en el sofá, cualquier otro año ya estaría organizando para salir a dar una revolada de villancicos y brindar con champán antes de cenar, la tarde de Nochebuena siempre la había gustado y la emocionaba año tras año, pero este año no; cierto es que había tenido unos meses difíciles, cambió de trabajo, pérdidas cercanas, cambios de rutinas... en fin, por mucho que ella pensara en que era Nochebuena, su cuerpo y su cabeza este año estaban bloqueados.
Había recibido varios mensajes, las típicas felicitaciones de las fechas y, varios de amigas y amigos que ya habían llegado al pueblo y querían quedar a la tradicional revolada y brindis; pero Ángela no contestaba a nadie; estaba en el sofá recordando en su cabeza como cambiaba la vida, lo que cuesta aceptar los cambios, madurar e ir adoptando y adaptando un rol en cada etapa de la vida; sentía que había llegado el momento de dejar la revolada y el brindis, la gente más joven podría tener esa iniciativa y salir, y ella, podría quedarse en casa y preparar para que cuando todos llegaran ya estuviera la mesa puesta;
porque en su casa, todos salen al brindis de antes de cenar, solo que a unos se los alarga más que a otros... y hay quien siempre llega con los platos en la
El reloj iba avanzando, todos se iban yendo de casa; los había dicho que sí que saldría por no dar explicaciones, pero esa Nochebuena, sería la de su cambio y no se movería de casa.
El reloj marcaba las 19:45, Ángela tenía sentimientos encontrados, el teléfono no paraba de sonar y a ella la caían lágrimas por la mejilla. Se escuchaba el bullicio de la calle por la ventana y las campanadas del reloj de la plaza, minutos después a su puerta había demasiado alboroto, ¡¡gritaban Ángela te estamos esperando!!; Feliz Navidad!!!" pero ella, no estaba dispuesta a dar el paso de salir, hasta que reconoció la voz. De repente, alguien en solitario
empezó a cantar Noche de paz, su voz era inconfundible, su amigo Lucas estaba aquí. Lucas llevaba tiempo viviendo en Holanda y por trabajo, por no coincidir en viajes, cuando él venía al pueblo Ángela era la que estaba fuera;
llevaban cerca de tres años sin verse, y este año, justo este año, Lucas estaba aquí, Ángela no daba crédito, así que tuvo que asomarse a la ventana para emocionarse aún más. Lucas, Andrea, Lucía y Esti estaban allí empezando la revolada.
Los cinco habían sido inseparables en su infancia, adolescencia y toda la vida, porque aunque no se esté cerca de presencia, se estaba cerca de corazón; sus amigos esa tarde de Nochebuena no la dejaron quedarse en casa, sin arreglar y con las lágrimas en los ojos Ángela cogió su pandereta y se unió a la revolada; una revolada con un significado más grande aún que otros años, estaban todos allí, el simple hecho de ver a sus amigos juntos la hizo olvidarse de toda la carga que llevaba de los últimos meses y comenzar una vez más, unas bonitas Navidades rodeada de sus amigos del alma.
NAVIDAD EN VALLELADO
(Primer premio categoría infantil)
Manuel Zancajo
Érase una vez en Vallelado en un pueblo pequeño con aproximadamente de 750 habitantes. Bueno, vamos a contar las tradiciones de Vallelado, primero lo que se hace en Vallelado. Antes o después del puente es decorar las casas y poner la decoración en el pueblo como poner el árbol de navidad en la plaza de la iglesia, después lo que hacen los niños es escribir la carta de papa Noel y los reyes para que se vayan preparando para lo que vayamos a pedir.
Después, se suele hacer la matanza cuando hace más frio y luego se preparan los chorizos y salchichones. Luego en todos los sitios del mundo viene papa Noel que pedimos nuestros regalos que habíamos escrito. Y ese mismo día también solemos comer todos con nuestros familiares y lo pasamos muy bien. Después de todo eso, en Vallelado vienen los reyes y bajan por la montaña y ahí lo pasamos muy bien. Luego al día siguiente esperamos los regalos que habíamos escritos y estamos demasiados felices y quedamos para que nos lo vean nuestros amigos.
Y la verdad que los fuegos artificiales de verdad están muy chulos que tiran al final. Y así son las fiestas de Vallelado y la verdad que luego los mayores o todos los que tengan peña suelen que dar a cenar en las peñas. Muchas gracias por leer este cuento y muchas felicidades a todos y que os traigan muchos regalos papa Noel y los reyes magos.




