Ángel Fraile
No recuerdo, si cuando éramos niños, nos ponían en la escuela deberes para casa; seguramente que sí. Pero después de la escuela, muchos niños, íbamos a lo que se llamaban clases particulares, o “permanencias”, para reforzar algunas asignaturas que se nos atravesaban, o las matemáticas, que no entendíamos y nos costaba meterlas en la cabeza. Siempre ha sido así. Lo que está claro es que sin esfuerzo las cosas no salen, ahora y siempre. Me refiero en todos los aspectos de la vida. Después de conseguir algo con tesón y trabajo, la satisfacción es mayor.
Aquellos, eran otros tiempos, y generalmente los maestros vivían en el propio pueblo y además daban clases particulares, a los niños que iban un poco atrasados. Esto era una ventaja porque el maestro dedicaba todo el tiempo a unos pocos alumnos. Aclaro que las aulas no eran mixtas como ahora. Había aulas de niños y otras de niñas. Yo recuerdo con cariño a alguno de mis maestros que los de mi época también recordarán: D. Saturnino, D. Antonio de la Rosa, D. Gonzalo…Yo no estuve más que hasta los 10 u 11 años, pues luego me marché a estudiar fuera. Todos los maestros, cada uno con sus particularidades tomaban su oficio muy en serio y trataban de que aprendiéramos las distintas asignaturas. No teníamos los medios de ahora, pero salimos adelante y aquí estamos.
Después de la escuela, tras coger la merienda, ibamos a jugar con los amigos a la calle. Entonces no nos hacía falta lo que ahora se llama “Educación Física”. La gimnasia la hacíamos después de la escuela, corriendo, subiéndonos a los árboles o a la cuesta. La cuesta la teníamos frente de la escuela, como ahora, y subíamos al derecho por la empinada pendiente. De vez en cuando algún resbalón, pero sin consecuencias. Cuando llegábamos arriba, boceábamos a los que estaban abajo, para ver si nos oían. Arriba en el llano, había bastantes piedras, más que ahora, y algunas de gran tamaño. Toda las que tenían una forma un poco regular, las tirábamos cuesta abajo rodando, y jugábamos a ver la de quien llegaba más lejos. Por eso ahora no se ven grandes piedras. Casi todas las tiramos rodando por la ladera.
Cuando nos habíamos cansado o hartado de tirar piedras, íbamos a la cueva de la Mora, que estaba en el otro extremo del llano, mirando al sur, al mediodía.
Así, en contacto con la naturaleza, junto con nuestros amigos íbamos socializando y aprendiendo a vivir y conocer nuestro pueblo y su entorno. Hoy los tiempos son diferentes, pero si que hecho en falta que los niños, salgan más al campo y conozcan el territorio donde viven, para así amar y valorar el lugar donde se nace o se vive cuando somos niños. Conocer la historia, las costumbres y tradiciones nos sitúa dentro del terruño, y cuando por circunstancias hay que salir a estudiar o trabajar o por otros motivos, siempre recordamos con cariño nuestras raíces, estimulando nuestra imaginación, y recordando aquellos felices años.
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