miércoles, 25 de marzo de 2026

“VAMOS A LA CUEVA DE LA MORA...” ¡QUE TIEMPOS!

     Ángel Fraile

    No recuerdo, si cuando éramos niños, nos ponían en la escuela deberes para casa; seguramente que sí. Pero después de la escuela, muchos niños, íbamos a lo que se llamaban clases particulares, o “permanencias”, para reforzar algunas asignaturas que se nos atravesaban, o las matemáticas, que no entendíamos y nos costaba meterlas en la cabeza. Siempre ha sido así. Lo que está claro es que sin esfuerzo las cosas no salen, ahora y siempre. Me refiero en todos los aspectos de la vida. Después de conseguir algo con tesón y trabajo, la satisfacción es mayor. 

Entrada de la Cueva de la Mora

    Aquellos, eran otros tiempos, y generalmente los maestros vivían en el propio pueblo y además daban clases particulares, a los niños que iban un poco atrasados. Esto era una ventaja porque el maestro dedicaba todo el tiempo a unos pocos alumnos. Aclaro que las aulas no eran mixtas como ahora. Había aulas de niños y otras de niñas. Yo recuerdo con cariño a alguno de mis maestros que los de mi época también recordarán: D. Saturnino, D. Antonio de la Rosa, D. Gonzalo…Yo no estuve más que hasta los 10 u 11 años, pues luego me marché a estudiar fuera. Todos los maestros, cada uno con sus particularidades tomaban su oficio muy en serio y trataban de que aprendiéramos las distintas asignaturas. No teníamos los medios de ahora, pero salimos adelante y aquí estamos. 

    Después de la escuela, tras coger la merienda, ibamos a jugar con los amigos a la calle. Entonces no nos hacía falta lo que ahora se llama “Educación Física”. La gimnasia la hacíamos después de la escuela, corriendo, subiéndonos a los árboles o a la cuesta. La cuesta la teníamos frente de la escuela, como ahora, y subíamos al derecho por la empinada pendiente. De vez en cuando algún resbalón, pero sin consecuencias. Cuando llegábamos arriba, boceábamos a los que estaban abajo, para ver si nos oían. Arriba en el llano, había bastantes piedras, más que ahora, y algunas de gran tamaño. Toda las que tenían una forma un poco regular, las tirábamos cuesta abajo rodando, y jugábamos a ver la de quien llegaba más lejos. Por eso ahora no se ven grandes piedras. Casi todas las tiramos rodando por la ladera. 

    Cuando nos habíamos cansado o hartado de tirar piedras, íbamos a la cueva de la Mora, que estaba en el otro extremo del llano, mirando al sur, al mediodía.

La Cueva de la mora  
     
Los mayores y nuestros abuelos nos contaban la historia de la Cueva de la Mora, y nosotros estábamos extasiados y entusiasmados cuando la escuchábamos. Nuestra imaginación nos hacía trasportarnos a otros tiempos, cuando los árabes estuvieron por aquí, hace ya muchos siglos. La cueva de la Mora es una cueva de origen natural, a la que hay que entrar agachados, pues tiene poca altura. Agachados, algunos llegaban hasta el final, pero a mi me daba miedo y no entraba más que unos metros. Si algún día se ponía a llover, nos quedábamos refugiados viendo como llovía, y allí estábamos hasta que escampaba. Arriba de la cueva, a pocos metros había una gran roca o piedra en la cual estaba clavado un puñal, que sobresalía de la piedra unos centímetros. No sabíamos quién ni como habría podido clavar un puñal en una piedra, pero nosotros imaginábamos que tenía que haber sido una persona muy fuerte. Intentábamos sacarlo con las manos, pero ni se movía. Las visitas a la cueva de la Mora y este lugar del puñal eran bastante frecuentes a lo largo del año, sobre todo en el buen tiempo. Allí jugábamos sin peligro y estimulando nuestra imaginación de forma natural. 

En la cueva de la Mora- año 2002

    Así, en contacto con la naturaleza, junto con nuestros amigos íbamos socializando y aprendiendo a vivir y conocer nuestro pueblo y su entorno. Hoy los tiempos son diferentes, pero si que hecho en falta que los niños, salgan más al campo y conozcan el territorio donde viven, para así amar y valorar el lugar donde se nace o se vive cuando somos niños. Conocer la historia, las costumbres y tradiciones nos sitúa dentro del terruño, y cuando por circunstancias hay que salir a estudiar o trabajar o por otros motivos, siempre recordamos con cariño nuestras raíces, estimulando nuestra imaginación, y recordando aquellos felices años. 

Vista al mediodía de la Tierra de Pinares, desde la Cueva de la Mora