Ángel Fraile
Los niños de antes, hablo de hace ya bastantes años, teníamos menos cosas que los de ahora y, sin embargo, yo creo que éramos felices. Pasábamos muchas horas en la calle, jugando y compartiendo con nuestros amigos, sin que ello signifique que no nos peleásemos de vez en cuando, unos con otros, y llegado el caso de llegar a casa con alguna brecha en la cabeza, o algún rozón en piernas y brazos. Como los de ahora, éramos traviesos y de vez en cuando sufríamos las consecuencias. Las únicas armas de las que disponíamos para defendernos eran las propias manos y alguna piedra o canto, que de esos abundaban, cuando las calles estaban sin asfaltar. También nos insultábamos, con los motes familiares que casi todos teníamos.
Cualquier regalo que nos hicieran en fechas señaladas, era para nosotros una gran noticia, de la que disfrutábamos enormemente. Por aquellos años, los coches particulares eran excepcionales. Existía el coche de línea que iba a Valladolid, de la empresa Cabrero de Iscar, y el que iba a Segovia, pasando por Cuéllar, de Galo Álvarez. Estas dos líneas tenían un único servicio diario: Por la mañana temprano para ir a la ciudad, y por la tarde de vuelta a Vallelado. Se viajaba poco, salvo que hubiera que ir a la capital, muchas veces a alguna consulta médica, o a visitar algún familiar. Nosotros teníamos bastante familia en Valladolid, por lo que alguna vez mi madre o mi padre tenían que ir. Un servicio especial para Vallelado, era el coche o furgoneta de Trini, que hacía viajes a Valladolid varios días a la semana, siempre y cuando hubiese viajero. Con su DKV viajaba a Valladolid y por la tarde-noche volvía de regreso con los viajeros que tuviera. Nuestros padres casi siempre que viajaban, nos sorprendían con alguna sorpresa a la vuelta. Recuerdo, como a veces nos traían simplemente unos “Bollos Suizos”. Con gran ilusión recibíamos estos dulces típicos. Otros dulces muy conocidos en Valladolid, que todavía se puede degustar, son los populares “Abisinios” de crema. Esto ya era el no va más; nos relamíamos y se nos alegraba el cuerpo, y el espíritu. Estábamos deseando que llegasen de vuelta, porque sabíamos que algo nos traerían. Como curiosidad, diré que estos ricos Abisinios, no se conocen en otras ciudades. Surgieron estos pasteles por los años 30- 40 del siglo XX. A un pastelero de la ciudad del Pisuerga se le ocurrió la receta. Este industrial, llamado Felipe Hernández, tenía pastelería en la vallisoletana calle de Panaderos. Entonces era muy conocidos los bollos suizos horneados, por lo que tuvo la feliz idea de freír los bollos, y rellenarlos de crema pastelera, y luego rociarles con azúcar. No sabía que nombre dar a aquel nuevo pastel que se hizo muy popular. Coincidió que por aquellos años estaban en guerra, la Italia de Mussolini, con Abisinia, (actualmente Etiopía). Mussolini había invadido este país, por lo que las noticias de todas las radios hablaban de la guerra de Abisinia, por lo que decidió llamar a este nuevo dulce “Abisinio”. Afortunadamente la guerra terminó, pero el rico pastel siguió su periplo, hasta hoy en día, que es un referente de Valladolid. No dejéis de degustarlo cuando vayáis de visita, si no lo habéis probado aún. Para los que vivís allí, nada que objetar, pues ya lo conocéis. Buen provecho para todos. Al menos yo de vez en cuando me doy un pequeño homenaje, aunque con moderación, para no tener que cambiar el cinto de agujero.
Conclusión: Recuerdo con cariño estas vivencias. Los niños, entonces, vivíamos con gran ilusión estos pequeños regalos y momentos. La vida nos enseña, que no por tener de todo y en abundancia, se es más feliz. La vida está hecha de pequeños momentos, de los que debemos de disfrutar, a la vez que estar agradecidos or ello, como grandes privilegiados que somos. Ejemplos tenemos muchos, y el hacerse mayores no es nada negativo, pues hay muchos que no han llegado. Al fin y al cabo, es lo que todos esperamos, porque lo contrario sería mucho peor
Espero que os haya gustado este relato, ala vez de aflorado en vosotros esos bonitos recuerdos, que a veces nos vienen a la memoria, como si hubieran ocurrido ayer. Qué bonito es recordar, sobre todo aquellos buenos momentos, cuando éramos niños.

